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Una fatídica noche

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  • Maria Montserrat Sánchez
Actualitzada 22/08/2018 a les 09:45
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Acababa de suceder: ella le había matado en defensa propia. Todo había empezado una noche, cuando ella estaba en casa esperando a Diego, su marido. Él bebía. Lo había tomado como costumbre desde hacía muchos años, pero ella, María, no se había dado cuenta del problema que Diego tenía, sobre todo cuando se ponía agresivo.

No había sido la primera vez que le había pegado, ni mucho menos. La primera vez que Diego le había puesto la mano encima había sido cuando eran pareja, mucho antes de casarse, pero luego él volvía a casa con un regalo, una caja de bombones, o bien un ramito de flores, una joya… Algo que a ella le animase y le hiciese olvidar que él se había portado mal. Al principio funcionaba, María perdonaba, entendía que Diego pasaba por un mal momento, o estaba pasando una mala racha. Ella se sentía culpable porque había pensado en dejarle. “¡Pobrecillo, qué bueno es, me trae bombones!” O bien pensaba: “Es que tuvo un mal momento, no se merece que ahora le deje por esto.” En cualquier caso, siempre acababa justificándolo, siempre terminaba por perdonarlo.

Diego y María habían tenido una niña; se llamaba Marina. Era una niña tímida y asustadiza. Siempre que ellos peleaban, Marina se escondía debajo de la cama, con las manos tapándose los oídos y se echaba a llorar. Mientras tanto, la discusión acababa siempre igual; Diego acababa golpeando a María, una y otra vez. En una ocasión, la tiró al suelo y le dio patadas en la cabeza. María lloraba y se intentaba proteger de los golpes:

–¡Por favor, no me pegues más! – sollozaba ella.

Pero Diego seguía golpeándola, hasta que ella perdió el conocimiento. Luego intentó reanimarla y al no poder, llamó a emergencias. Les dijo que María se había caído por las escaleras de casa. María pasó cinco días en el hospital, ingresada. Cuando Diego fue a verla, ella tuvo miedo. Sin embargo, él traía una pulsera de oro para ella. Ese día, María pensó que sería el último en que se dejaría golpear por él: que se separaría. Ya no aguantaba más, de manera que empezó a preparar el terreno para poder abandonar a Diego.

Mientras tanto, Marina hacía dibujos. Dibujaba a su padre golpeando a su madre, y a ella escondida debajo de la cama. Esto alarmó a su maestra y enseñó los dibujos a la psicopedagoga del colegio. Hablaron con María:

–¿Sabe usted que la niña dibuja cómo le golpea su padre a usted?

–¡Mi marido no me pega! –Respondió María, intentando engañarlas.

–Pues esto es lo que ella dibuja. ¡Está claro que aquí pasa algo! ¿Seguro que no hay nada que nosotros debamos saber por el bien de la niña? –Le preguntó la maestra.

María empezó a llorar. Fue entonces cuando la maestra y la psicopedagoga del colegio se dieron cuenta de toda la realidad:

–¡Debe usted abandonarle y denunciarle por malos tratos! –Le dijo la maestra. –Nosotras podríamos ayudarla.

Pero María no quería denunciarlo, aunque sí abandonarlo. Aquella conversación no fue a más, pero ella pensaba en la manera de dejar a Diego.

Al cabo de pocos días, una noche, Diego llegó bebido a casa. Marina estaba durmiendo y María esperándole. Le dijo:

–¡Diego, quiero que lo dejemos! ¡No quiero seguir viviendo así, necesito espacio y necesito irme de esta casa!

–¡No te vas a ir de aquí! –Contestó él y empezó a golpearla. Ella se escapó y cogió un cuchillo de cocina:

–¡No te atrevas a tocarme! –Gritó.

–¿Qué vas a hacer, zorra? ¿Vas a matarme? –Le respondió él intentando acercarse con violencia. Entonces lucharon y el cuchillo se le clavó a Diego en el cuello, por accidente. Cayó al suelo inmóvil. María llamó a emergencias, mientras intentaba reanimarlo, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Cuando los médicos llegaron, solamente pudieron certificar su muerte. María fue detenida. La policía llevó a la niña con su abuela, y a ella se la llevaron a declarar. Lo explicó todo, contó que Diego le había golpeado una y otra vez, incluso les mostró las marcas que tenía en su cuerpo.

María estuvo en prisión preventiva un tiempo, hasta que se celebró el juicio. Se resolvió que había actuado en defensa propia y la dejaron en libertad. Hoy en día, María está en la calle, ayudando a otras víctimas de la violencia de género para que no tengan que enfrentarse a lo que ella se enfrentó. Hoy en día, María tiene una nueva oportunidad junto a su hija Marina que, por fin, ha salido de su timidez y vive una infancia feliz. Sin embargo, María no ha olvidado aquella fatídica noche; no olvida que mató a Diego, y por mucho que lo hiciera en defensa propia, recuerda aquél momento con amargura. No le hubiera gustado tener que pasar por eso y vive enfrentada consigo misma porque en su conciencia pesa la carga de aquella muerte. Su psicóloga le está ayudando desde hace algún tiempo con terapia, tiene que tomar pastillas para dormir y llevar su vida adelante. Marina también ha tenido que ir al psicólogo para erradicar su miedo. Poco a poco, sus vidas se están normalizando, pero en ambas existe el recuerdo de los gritos, los golpes y las humillaciones y tal vez, algún día, el miedo que tienen desaparezca para siempre.
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