LA PECERA

El hambre de Goiat

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  • JUAN CAL
Actualizada 28/06/2017 a las 10:20

El hambre de Goiat

SEGRE

La juventud no siempre es una virtud, aunque convertida en enfermedad sólo se cura con el tiempo. Esa máxima se aplica tanto a los humanos como a los plantígrados, especie con la que compartimos una larga tradición de luchas y enfrentamientos.

Durante mucho tiempo fue el señor del Pirineo, comía bayas, reventaba colmenas y despanzurraba rumiantes sin la menor consideración. Se pagaban sumas importantes a los cazadores que demostraban haber cazado un oso y las leyendas sobre el animal formaban parte del folklore del territorio. El oso era parte de la vida, y de las desgracias por supuesto, de las gentes del Pirineo.

Fue exterminado porque la gente ya no subía a la montaña con los animales o simplemente porque se abandonaba la ganadería y se arrendaban las tierras para hacer estaciones de esquí o se vendían para construir chalets.

En los años noventa se puso en marcha el proyecto Life de reintroducción del oso –con división de opiniones en el país– y el veterano Pyros, procedente de Eslovenia, alumbró una extensa familia que vuelve a repoblar las montañas.

El año pasado un joven oso, Goiat, fue transportado con sólo diez años desde Eslovenia para sustituir en su función de macho alfa a Pyros y, claro está, ha dado muestras de gran vitalidad y de la escasa madurez de alguien de su edad. Mata y destruye con mayor entusiasmo que su antecesor, pero ¡qué puede esperarse de alguien que todavía está en plena juventud!

Sólo cabe esperar que mientras madura, la Administración, en su condición de tutora, pague los desperfectos.

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